Era el día de mi santo. Tenía siete años y como
cualquier niña de mi edad deseaba tener alguna mascota, un gato o un perro,
pero siempre recibía la misma respuesta por parte de mis padres: ¡no!
Unos meses antes, el gato de unos amigos había dado
a luz a cinco gatitos blancos y pequeñitos. Yo insistí en que me regalasen uno
de aquellos, pero todos ya tenían amo.
Dos meses más tarde, el día de mi santo, mis padres llegaron a casa y me dieron
su regalo: una caja de zapatos usada y
sin envolver. Su excusa fue que no habían tenido tiempo de empaquetar la caja, pero lo que importaba eran los
zapatos de dentro, y no el envoltorio. Así, que sin dudar abrí la caja, y de
dentro salió una cabeza pequeña, blanca y peluda, con los ojos grandes, azules
y brillantes. ¡Era un gatito! Tenía apenas dos meses, estaba asustado y se
quedó quieto en la caja. Primero grité, luego me puse a sonreír, y después miré
la cara de mi hermana, que estaba sentada a mi lado y acababa de tener la misma
sorpresa que yo. Ella también se asustó y luego se levantó rápidamente a
abrazar a mis padres para darles las gracias. Yo hice lo mismo.
Le puse de nombre Maig, y desde aquel día se ha
convertido en un animal que me cambió la vida para siempre.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada